Qué pasó desde el balcón de La Antena: el pulso entre Canadá y China ante el ojo de Trump. La historia no es simple, pero aquí se cuenta como un cuento. El gobierno canadiense, con su primer ministro Mark Carney al frente, ha dicho un no rotundo a un tratado de libre comercio con China. Esta decisión, tomada con la brújula en la mano, llega justo después de una fuerte advertencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Imaginemos la escena: Trump, con su estilo directo, amenazó con aranceles del cien por cien a los productos canadienses si el país del norte seguía estrechando lazos comerciales con Beijing. El señor Carney, por su parte, aclaró que los acuerdos recientes con China son solo ajustes pequeños, casi como retocar un cuadro, para reducir algunos aranceles específicos, y de ninguna manera un pacto grande. Es como ajustar las velas, no cambiar el rumbo del barco por completo. El primer ministro fue muy claro: no tenemos intención de negociar acuerdos de libre comercio con economías que no operan bajo reglas de mercado, refiriéndose a China. Además, recordó que el acuerdo comercial entre Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC) incluye compromisos para notificar y evitar pactos con países que no cumplen esas reglas.<r> Dónde y cuándo ocurrió este nuevo capítulo de la historia comercial. La escena se desarrolla en el escenario global, pero con el foco puesto en Norteamérica, entre Canadá y Estados Unidos, con la omnipresente influencia de China en el telón de fondo. El anuncio oficial del primer ministro Carney se hizo público en enero de 2026. Pero las tensiones, como una olla a presión, venían calentándose desde 2024. Fue entonces cuando Canadá, siguiendo los pasos de Estados Unidos, impuso aranceles del cien por cien a los vehículos eléctricos chinos, y un veinticinco por ciento al acero y aluminio de China. Beijing no se quedó de brazos cruzados y respondió con fuertes represalias, incluyendo aranceles del cien por cien al aceite y la harina de canola canadienses, y del veinticinco por ciento a productos como la carne de cerdo y los mariscos. Así, se afectaron directamente a importantes exportadores agrícolas de Canadá. En este mes de enero, durante una visita oficial a China, el gobierno de Carney aceptó reducir parcialmente el arancel a los vehículos eléctricos chinos, a cambio de menores impuestos para productos canadienses. Como parte de este nuevo esquema, Ottawa estableció un límite inicial de 49.000 vehículos eléctricos chinos que podrán ingresar al país con una tasa preferencial, cifra que podría aumentar a cerca de 70.000 unidades en cinco años. Es como intentar bailar con dos socios al mismo tiempo, sin pisar a ninguno.<r> Por qué es importante esta decisión para la gente de a pie. Este paso de Canadá es crucial. Marca un punto de inflexión en el delicado equilibrio entre su principal socio económico, Estados Unidos, y el gigante comercial asiático, China. Para los consumidores canadienses, esto puede significar cambios en los precios y la disponibilidad de productos clave, afectando directamente sus bolsillos. Sectores como el automotriz y el agrícola en Canadá sienten la presión de forma inmediata. Además, esta situación subraya la compleja dinámica de soberanía comercial de un país mediano frente a la potencia de Washington. ¿Será Canadá un jugador en el tablero o un peón? Esa es la pregunta que flota en el aire.<r> Qué dicen las partes involucradas en esta trama comercial. El primer ministro Carney defiende la postura de Canadá. Insiste en que buscan ajustar aranceles en puntos clave sin romper con los compromisos del T-MEC, que impide tratados con “economías no de mercado”. Desde el balcón de la Casa Blanca, el presidente Trump ha sido muy claro y directo. Acusa a China de intentar “tomar el control” de Canadá y advierte que no permitirá que usen al vecino como una puerta trasera para el mercado estadounidense. Es un rugido que resuena en toda la región. El secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent, se une a la preocupación. Recalcó que Washington no tolerará que Canadá sea un “canal” para los productos chinos que intentan esquivar aranceles más altos. La música de las amenazas sigue sonando.<r> Qué viene ahora en esta historia sin fin. Canadá deberá navegar con cautela estas aguas revueltas. El desafío es mantener una buena relación con Washington sin cerrar del todo los lazos económicos con Beijing. La mirada estará atenta a cómo evolucionan los ajustes de aranceles y las cuotas de vehículos eléctricos. También será vital observar si las promesas chinas de inversión en el sector automotriz canadiense se convierten en realidad. Esta crónica de equilibrios y presiones comerciales, como una novela por entregas, seguirá añadiendo capítulos en los meses venideros. El destino de miles de empleos y la competitividad de una nación penden de cada decisión. El reloj no se detiene, y la historia continúa.
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