Motín en Prisión de Canaleta: Cuba Oculta Muertes y Criminaliza Reclusos
sábado, 21 de febrero de 2026
En pocas palabras
Un motín en la prisión de Canaleta, Ciego de Ávila, dejó reportes de muertes mientras el régimen cubano criminaliza a los presos por protestar hambre y abusos.
Mas detalles
Qué pasó
En un rincón de Cuba, donde el sol fuerte no logra calentar la desesperanza, un clamor se levantó. El jueves 19 de febrero de 2026, los muros del Establecimiento Penitenciario Provincial de Ciego de Ávila, conocido como la prisión de Canaleta, temblaron con el eco de un motín. Los reclusos, agobiados por el hambre que roía sus entrañas y los malos tratos que marcaban sus cuerpos, decidieron que el silencio ya no era una opción.
La protesta estalló, una chispa prendida por la muerte de un joven interno, presuntamente abatido por el hambre y los golpes de los funcionarios. Fue un levantamiento contra la injusticia palpable, un intento de recuperar una pizca de dignidad. Sin embargo, la respuesta del gobierno cubano no se hizo esperar: una breve nota del Ministerio del Interior que buscaba desdibujar la magnitud del suceso, tildando a los amotinados de "delincuentes" y asegurando que el "orden se restableció con racionalidad y determinación".
Esta narrativa oficial, rápida y concisa, omitía un detalle crucial: las vidas perdidas. Ni una palabra sobre los reportes de siete muertes ni de los múltiples heridos que atestiguaban la brutalidad con la que se sofocó la revuelta. Era la vieja canción del régimen: minimizar el conflicto, criminalizar a quienes osan alzar la voz y, sobre todo, ocultar la verdad.
Dónde y cuándo
La geografía de este drama se ubica en el centro de la isla caribeña, específicamente en la provincia de Ciego de Ávila. La prisión de Canaleta, un nombre que desde ahora llevará consigo el peso de estos hechos, fue el escenario principal. Todo sucedió aquel jueves invernal, el 19 de febrero de 2026, una fecha que quedará marcada en la memoria de muchos, aunque la historia oficial intente borrarla.
Los protagonistas de esta jornada fueron, por un lado, los internos, con sus voces roncas clamando por "Libertad", por "Patria y Vida", y golpeando objetos metálicos, un sonido ensordecedor de protesta. Por el otro, las fuerzas antidisturbios del Ministerio del Interior, que según los reportes, llegaron armados con balas de goma, gas pimienta y una fuerza desmedida.
El aire alrededor del penal se cargó de una tensión casi eléctrica. Testigos hablan de ambulancias que entraban y salían a toda velocidad, un constante ir y venir que solo podía significar un saldo de heridos. Y, bajo un velo de secretismo, se vieron ataúdes siendo retirados, custodiados por la policía, silenciando para siempre las vidas que se habían apagado en la oscuridad de los barrotes.
Por qué es importante
Este incidente en Canaleta trasciende las paredes de la prisión. Es un espejo que refleja la dura realidad de Cuba, una realidad a menudo velada por el discurso oficial. Su importancia radica en que expone, una vez más, la profunda brecha entre la imagen que el régimen proyecta de "legalidad socialista" y "seguridad colectiva", y la verdad vivida por sus ciudadanos, especialmente en los confines de sus cárceles.
Para la comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos, este motín es una señal de alarma. Confirma las denuncias constantes sobre condiciones inhumanas, escasez de alimentos y el uso desmedido de la fuerza contra quienes, incluso privados de libertad, reclaman sus derechos más básicos. Se trata de un testimonio crudo de cómo el miedo y la represión son herramientas para mantener el control.
Además, este evento refuerza la estrategia histórica del gobierno cubano: deshumanizar a los disidentes, criminalizar cualquier forma de protesta y manipular la información para evitar el escrutinio tanto interno como externo. Cada grito en Canaleta es un eco de la resistencia, y su silenciamiento, un recordatorio de la vulnerabilidad de la verdad en un sistema cerrado.
Qué dicen las partes
La voz del régimen, a través de su Ministerio del Interior, resonó con una frialdad calculada. En su comunicado, los amotinados fueron despachados como simples “delincuentes”, individuos que ya purgaban condenas por robo, hurto y tenencia ilegal de armas. La narrativa oficial se centró en la "restauración del orden", una vuelta a la calma ejecutada con "racionalidad y determinación", como si la protesta nunca hubiese tenido un motivo legítimo.
Curiosamente, y de manera predecible, el texto oficial no hizo la más mínima referencia a las quejas por hambre, ni a las condiciones deplorables de la prisión. Mucho menos, a las muertes reportadas. Era un comunicado diseñado para cerrar el capítulo rápidamente, sin dar espacio a preguntas incómodas.
En contraste, las voces de la sociedad civil y los defensores de derechos humanos han pintado un cuadro muy distinto. Organizaciones como Prisoners Defender y el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas (CDPC) han sido clave en la difusión de lo que el régimen intenta esconder. Ellos detallan que el motín fue la reacción directa a la muerte de un joven recluso, cuyo estado crítico por hambre se vio agravado, presuntamente, por golpes de funcionarios.
Estos grupos han recogido testimonios que hablan de gritos en la prisión, de consignas como “Libertad” y “Abajo Díaz-Canel”, y de una represión violenta con balas de goma y gas pimienta. Sus reportes, aunque no oficiales, apuntan a un saldo de al menos siete fallecidos y numerosos heridos, una cifra que choca de frente con el hermetismo gubernamental.
Qué viene ahora
Con el polvo aún asentándose tras el motín, la prisión de Canaleta se convierte en un punto de observación crítica. Es casi seguro que el régimen cubano mantendrá su línea de acción, reforzando la seguridad interna y continuando con su política de opacidad. La información oficial seguirá siendo escasa y controlada, buscando silenciar cualquier nueva ola de indignación o cuestionamiento.
Sin embargo, la semilla de la protesta ha sido sembrada. Es probable que las organizaciones de derechos humanos, tanto dentro como fuera de Cuba, redoblen sus esfuerzos para monitorear la situación de los presos y recopilar más evidencias. La presión internacional podría aumentar, aunque históricamente la respuesta del gobierno cubano a tales presiones ha sido la de cerrarse aún más.
Los reclusos que participaron en el motín enfrentarán, sin duda, severas represalias. Las autoridades buscarán identificar y castigar a los líderes, endureciendo sus condiciones y enviando un mensaje claro al resto de la población carcelaria. Este evento es un recordatorio sombrío de que, bajo la superficie de la normalidad, la tensión en las cárceles cubanas es una constante que puede estallar de nuevo en cualquier momento, revelando la fragilidad de un sistema que se sostiene sobre el miedo y el secreto.
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